En Italia, el café es mucho más que una bebida: es un ritual profundamente arraigado en la cultura y en la identidad del país. Desde la selección del grano hasta su preparación y servicio, cada detalle importa. Uno de los más llamativos para quienes visitan el país es el pequeño vaso de agua que siempre acompaña al espresso, un gesto que no se pide, simplemente se ofrece.
Contrario a la creencia popular, este vaso no está pensado para beberse después del café y eliminar su amargor. De hecho, cuando el café es de calidad, bien tratado y sin tuestes torrefactos, no deja sabores desagradables ni reseca la boca. La verdadera función del agua es tomarse antes del primer sorbo.

El objetivo es preparar el paladar. Beber agua limpia la boca de restos de otros alimentos y bebidas, activa las papilas gustativas y permite percibir con mayor claridad los aromas y matices del café. Así lo explican expertos y divulgadores italianos, que destacan que este gesto mejora notablemente la experiencia de degustación, especialmente en cafés de origen o de especialidad.
Además, el agua cumple una función fisiológica: ayuda a mantener el equilibrio hídrico del organismo. Dado que el café tiene un ligero efecto diurético, acompañarlo de agua contribuye a evitar la deshidratación y facilita su digestión.

En cuanto a si el agua debe ser con o sin gas, la elección queda al gusto del consumidor. El agua con gas puede limpiar el paladar con mayor intensidad, aunque un exceso de burbujas podría adormecer ligeramente las papilas gustativas y restar sensibilidad al sabor del café. Una tradición sencilla, pero cargada de sentido, que bien podría adoptarse más allá de las fronteras italianas.
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