El N abunda en la atmósfera terrestre en una forma química (N₂) que las plantas no absorben

Los suelos con baja y mediana fertilidad suministran poco nitrógeno (N), limitando el crecimiento, cosecha, rentabilidad y expresión del potencial productivo de los cultivos. La escasez nutritiva, agravada por el desgaste gradual y gestión descuidada del suelo, se corrige mediante la fertilización. Los fertilizantes más demandados suministran nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K), en formas que las raíces sí absorben. Anualmente se aplican en nuestros campos más de 400 mil toneladas de Urea, el fertilizante con mayor porcentaje de N.
Hasta inicios del siglo XX los fertilizantes con N no existían. Su producción a escala industrial empezó en 2013, extrayendo N del aire para convertirlo en amoniaco (NH₃), un proceso energéticamente muy costoso, base de todos los fertilizantes nitrogenados. Su impacto en la Agricultura es enorme, aunque la variación de la eficiencia con que el N se absorbe y riesgos de contaminación ambiental son desafíos siempre presentes.

Freddy Amores Divulgador de Agro Ciencia y Tecnología famores.ec@gmail.com

Hasta inicios del siglo XX los fertilizantes con N no existían. Su producción a escala industrial empezó en 2013, extrayendo N del aire para convertirlo en amoniaco (NH₃), un proceso energéticamente muy costoso, base de todos los fertilizantes nitrogenados. Su impacto en la Agricultura es enorme, aunque la variación de la eficiencia con que el N se absorbe y riesgos de contaminación ambiental son desafíos siempre presentes.

Sin control (fuente, dosis, momentos y forma de aplicación, tipo de suelo, humedad, drenaje y relieve), la fertilización con N corre el riesgo de que parte del capital invertido en este insumo se convierta en gasto. La rentabilidad retrocede y, en el peor escenario, su contribución al rendimiento no es rentable, afirmación que parece exagerada, pero ocurre (lo he constatado en maíz). El rango de eficiencia con que los cultivos usan el N se mueve entre el 20 % y 75 %. El amplio rango responde a que se “fuga” por distintos caminos: volatilización, lixiviación (lavado), desnitrificación, fijación biológica y erosión hídrica.

Ejercicios para cuantificar las pérdidas de N son útiles para comprender los desafíos que enfrenta su absorción. Vamos a suponer que aplicamos media tonelada de Urea/hectárea/año, o sea, 230 kg de N, en una huerta de cacao. Con una eficiencia de absorción del 20 %, el cultivo absorbe 46 kg de N, y con 75 % la recuperación asciende a 172 kg. Son 184 y 58 kg de N que no ingresan a las plantas.

En una investigación con maíz sembrado en un terreno plano en la zona de Mocache, incorporando Urea en hoyos a 5 a 10 cm de profundidad, a los 15 y 30 días de la siembra, la eficiencia de absorción del N fue 75 %; el porcentaje descendió en terrenos de ladera. En la misma zona, el maíz sembrado tempranamente absorbió 60 % del N aplicado, mientras que la recuperación se desplomó hasta el 33 % con un atraso de 15 días en la siembra.

Según otro estudio en Balzar, cada kg de N absorbido produjo 58 kg de grano de maíz (seco y limpio) con un ingreso de 23,6 dólares (al precio promedio actual). Ambos, el N absorbido y el que se “fuga” sin aportar a la cosecha, se pagan con este ingreso. El costo de poner un kg de N en el suelo se acerca a los 2 dólares. Resumiendo, una porción del N aplicado, en vez de crear valor económico, lo extingue y minimizar esta consecuencia es un desafío.

Las cifras ilustran bien cuando el capital invertido en fertilización no rentabiliza, convirtiéndose en gasto. Además, con bajos niveles de absorción, las plantas terminan deficientes en N, condición que limita la absorción del P y K, un costo de oportunidad que debilita aún más la economía de los cultivos.

En el ámbito ambiental, el proceso industrial que produce amoniaco (NH₃), materia prima de la Urea y otros fertilizantes nitrogenados, deja una gran huella de carbono que incide en el calentamiento global. El transporte desde países productores hasta países importadores, seguido por el transporte interno y aplicación mecanizada, la refuerzan. Al final, cada tonelada de Urea que llega al suelo deja una huella total de casi 2 toneladas de carbono.

Además, la transformación de la Urea en nitratos (NO₃), bajo condiciones de saturación hídrica, produce la emisión de óxido nitroso (N₂O), un potente gas de efecto invernadero. Por último, la erosión hídrica e infiltración profunda del agua arrastra nitratos que terminan contaminando fuentes de agua superficial y subterránea. Su presencia encima de umbrales permitidos perjudica la salud humana y la del ganado que se abastece de agua en estas fuentes. El riesgo de contaminación crece con dosis altas y sobredosis de N aplicado.

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